Me consiguieron un piso los que formaban parte de la excavación. Dejé la habitación de Ahmed. No fue ningún trauma. Solo nos entendíamos en la cama, el resto del tiempo teníamos que hablar por señas.
Era un sitio pequeño. Luminoso, acogedor, tan fácil de recoger como de convertir en un auténtico caos. E, increiblemente cierto, fresco por muchas horas que le diera el sol.
Durante el día estaba en la excavación. Mi trabajo de retratar los descubrimientos se fue ampliando por mi propia iniciativa. En pocos días estaba haciendo una especie de "making off" de los descubrimientos. Quienes participaban, que encontraban, como se sacaban los restos, que hacían para conservarlos hasta llevarlos a su destino... Un poco de todo.
Por la noche... no echaba de menos a Ahmed. Dormía poco. Pasaba horas sentada cerca de la pequeña ventana del dormitorio. Unas veces tapada con las sábanas, otras sin ninguna tela que cubriera mi cuerpo. La mayoría abrazada a la almohada intentando que al tener algo cerca del cuerpo y cerrar los ojos, no imaginara que tus manos acariciaban mi piel.
Fui cambiando, despacio. El primer paso fue cambiar la ropa occidental, los vaqueros y tops, por algo más propio del lugar, ligeros vestidos de tejidos finos. Me dejñe de preocupar por el aspecto de mi pelo. Comenzó a crecer a lo loco y recuperó su color natural. Peor fue lo de pasar tantas horas al sol. Tras quemarme un par de días por no tener cuidado con cremas ni productos parecidos, comenzó a coger un tono tostado que jamás imagené que pudiera llegar a tener por la palidad natural de mi piel. Finalmente tuve que hacer como las ladies inglesas, llevar sombrero y parasol.
El mundo era tan distinto y extraño... que sino hubiera sido por las cartas que recibía de las personas a las que importaba y que sabían donde estaba, hubiera podido asegurar que me encontraba en otro planeta.
lunes, 10 de mayo de 2010
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